musas-24-1
Todos los textos son de mi autoría y están debidamente registrados y protegidos por Safe Creative 8b61f1e5-55fb-344c-88df-411cb198c8dd y Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

*Todas las imágenes utilizadas en este sitio son tomadas de internet, por lo que pertenecen a sus respectivos dueños. Si alguien se siente perjudicado le agradezco me lo haga saber para retirar la ó las imágenes de inmediato.


Borremos el Racismo del Lenguaje

Mostrando entradas con la etiqueta juego inicio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta juego inicio. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de noviembre de 2012

INICIA UNA HISTORIA 8: ELECCIONES DESAFORTUNADAS



Maga DeLin nos volvió a retar con su desafío comienza una historia. En esta oportunidad la actividad constó de dos partes. En primer lugar cada uno de los participantes tenía que aportar una frase y en segundo lugar había que crear un texto en el que tenían que aparecer cada una de las frases. Aquí les dejo el relato que surgió, en el mismo las frases están en otro color.





ELECCIONES DESAFORTUNADAS

Llevaba media hora esperando en un bar de mala muerte, no le gustaba el lugar pero ella lo había elegido. Sus dedos tamborileaban incesantes sobre el acrílico blanco de la mesa, su pie subía y bajaba como marcando un ritmo, como demostración de lo mucho que su ira iba aumentando. Se había tomado un café y veía acercarse por tercera vez a la desaliñada moza. No le gustó la chica, tenía los dedos anaranjados por la nicotina y su aroma era el propio de los fumadores, la gente que fumaba tabaco le daba asco. Le dieron ganas de mandarla a paseo, se imaginó diciéndole: «Señorita, no me traiga la cuenta porque no tengo dinero para pagarla; en todo caso, si lo desea, puede usted avisar a la policía». Tal pensamiento le dibujó una media sonrisa en la cara, se preguntaba cuál sería la reacción de la fémina si realmente eso sucediera. Ella, por su parte, creyó que él quería proponerle algo indecoroso y sonrió a su vez observándolo sin disimulo y segura de aceptar tal propuesta, ya que no estaba nada mal. Pronto se dio cuenta de que se equivocaba, al ver entrar a una chica rubia que pasó a su lado como una exhalación, casi sin aliento, y se sentó frente a él.

—¿Qué van a tomar? —preguntó con aspereza, molesta por verse ignorada de esa manera y ver frustrada su ilusión de pasar un buen momento.

—Dos cafés, por favor —dijo el hombre, sin apartar los ojos de la chica a la que había estado esperando.

Luego de que la moza desapareciera, dejando un tenue olor a cigarro rancio, el silencio se hizo dueño de la situación. Él estaba muy molesto y ella intentaba recuperarse de la reciente corrida. Adriana lo observó y enseguida se dio cuenta de que estaba molesto. «Dios, que guapo se pone cuando se enfada», pensó, mordiéndose el labio inferior. No podía apartar la mirada de su cabello oscuro y lacio, que le caía sobre los hombros; tampoco le hubiera resultado fácil escapar al influjo de sus ojos almendrados de no ser que estos estaban vueltos hacía la ventana que daba a la calle. De todas formas podía contemplar su perfil, su nariz recta y afilada, su mentón altivo y sus labios apretados en una fina línea. Contener la pasión que la embargaba no era difícil, pero sabía que en cuanto se quedaran a solas se abalanzaría sobre él, y él la imitaría, una vez que el enojo se esfumara. Le parecía increíble la manera en que se había vinculado con él, luego de conocerse apenas cuatro meses atrás. Sentía que no podría vivir mucho tiempo sin verlo, sin dejarse arrastrar por la locura de su pasión y el sadismo de esos juegos prohibidos que ella nunca había experimentado antes.

—Oh, vamos, Leni. No puedes estar tan enojado. Se me hizo algo tarde, a cualquiera le puede pasar —intentó subsanar la situación. Al ver que no lograba ablandarlo comenzó a acariciarle la mano con deliberada provocación, luego de unos instantes logró que la mirara. Al mismo tiempo, la molesta empleada regresó con el pedido y desapareció de inmediato.

Si bien quitarle el mal humor a su novio le resultó más difícil de lo que imaginaba, eso no impidió que atravesaran la puerta del departamento quitándose la ropa a tirones y rebotando contra las paredes de lugar hasta caer en la amplia cama.

—Sabes complacer todos mis deseos ―dijo Adriana, mientras se subía lentamente las bragas, y el la observaba tendido sobre las sábanas revueltas, con la piel húmeda por el sudor —. Lástima que tenga que volver a la oficina, una colega me está cubriendo y ya no puedo retrasarme más.

Adriana era una abogada penalista prestigiosa y Leni era su reciente conquista. Un hombre misterioso que llegó a su vida por casualidad. Lo conoció en una fiesta y a partir de allí su vida se transformó en un cúmulo de nuevas experiencias sexuales que le mostraron el excitante mundo de la sumisión y el sadomasoquismo. Él supo nublarle la razón al punto de no cuestionarlo a fondo sobre su vida, relaciones y costumbres. Si en algún momento ella pretendió ahondar en su pasado, pronto lo olvidó ante la intensidad de sus besos y el ardor de sus caricias. Pero, ¿quién era realmente Leni Fox?



Antes de volver en sí soñaba con alas de papel, con aquello que le permitiera volar hacia el cielo y poder sentir el viento de la libertad en su rostro. De repente, abrió los ojos y se vio rodeada de oscuridad, en ese momento sólo pudo concentrarse en el intenso dolor de cabeza que la aquejaba. Trató de llevarse una mano a la frente pero notó que estaba inmovilizada, le resultaba difícil respirar el aire viciado. Sentía su corazón golpearle con fuerza contra el pecho, a duras penas podía contener el sollozo que le estrangulaba la garganta y que sólo alcanzó a salir como un quejido ronco cuando el recuerdo de las horas previas comenzó a emerger. Se vio en aquella habitación donde el humo del cigarro formaba una espesa niebla. Fue el lugar elegido por Leni para dar rienda suelta a sus excesos, incluso recordó haber consumido algún tipo de droga. Sus encuentros siempre habían sido privados, sólo ellos, en el departamento de alguno de los dos. A pesar de que en un principio no estuvo de acuerdo se dejó llevar por la adrenalina del peligro. Pero todo se salió de control y, de un momento a otro, estuvo rodeada de otras mujeres con las que también mantuvo sexo mientras Leni las observaba con cara de satisfacción. Una punzada le taladró las sienes y las imágenes continuaron fluyendo: tenía el cuchillo en la mano, y al mirarse al espejo contempló una imagen que le agradaba, nunca pensó que podía llegar a sentirse así. Abrió los ojos como platos e intentó incorporarse, recordó que estaba atada y encerrada en un lugar estrecho. Trató de calmarse y poner sus pensamientos en orden hasta que al fin encontró la última idea en la que se centró su mente antes de desvanecerse: «Es extraño ―pensó, mientras se miraban ambas semidesnudas en la penumbra de la habitación de aquél hotelucho―, hubiera jurado hasta hoy que yo era ciento por ciento heterosexual».

Le dieron ganas de vomitar, nunca había estado en una situación así, no podía creer lo bajo que había caído por ese hombre. Comenzó a patear contra la superficie en la que se apoyaban sus pies, al tiempo que trataba de liberar sus manos. Las lágrimas corrían sin control por su cara, no sabía cuánto tiempo llevaba allí y si alguien la estaría buscando. De repente quedó inmóvil, aguzando el oído para captar algún sonido que pudiera decirle dónde estaba. Dejó caer la cabeza contra la superficie enmoquetada, luego de llegar a la concusión de que se encontraba encerrada en la cajuela de un auto. Se sentía impotente ante los hechos ya consumados, ni siquiera recordaba si había llegado a matar a alguien. A duras penas rememoró que había escapado a los trompicones de allí y una vez en su departamento, a donde Leni la había seguido, comenzaron a volar los objetos y a romperse los cristales. Un puño se estrelló sobre su cara, luego la nada y terminó donde estaba. Cayó en la cuenta de que la ventana cerrada, la puerta de vidrio rota y los libros perdidos en el fango del jardín no eran evidencia suficiente como para provocar sospechas acerca de si le había sucedido algo.

La siguiente vez que despertó ya no se encontraba en la cajuela, ahora estaba estirada sobre una cama, amarrada de pies y manos a esta; tenía una mordaza y podía ver cierta claridad entrando por las persianas cerradas. Alguien entró, no le pudo ver el rostro pero supuso que era Leni que había llegado para liberarla, pero no se trataba de él. Vio a la figura parada junto a la cama, observándola, oía su respiración fuerte, lo vio bajarse con lentitud la cremallera del pantalón y tirarse cuan largo era sobre ella para penetrarla con fuerza, pese a que se resistió y recibió por ello una cachetada en la mejilla. El tipo terminó desmadejado sobre ella y, luego de unos instantes, se levantó y salió abrochándose los pantalones. Ella quedó sollozando, preguntándose qué había sucedido, por qué había cambiado su vida de un momento a otro. Ese hombre no era Leni, ni siquiera sabía quién era y qué sería de ella de ahora en más.

Las horas pasaron, igual que los días. Algunas veces sólo podía pensar en la manera de borrar sus besos, y es que sollozar después de estar entre sus brazos, se había vuelto algo habitual. Ni siquiera conocía la voz de ese tipo, sólo su respiración, los sonidos que delataban que había llegado al clímax y que la dejaría sola otra vez, hasta que le volvieran las ganas de abusar de ella.



Que hermosa era esa mujer, tuvo suerte de hallarla luego de que aquel coche que venía a toda velocidad derrapara en la carretera desierta por la que él conducía en sentido contrario. Su suerte se completó al comprobar que el tipo que venía con ella estaba muerto y milagrosamente ella no se había hecho ni un rasguño. Bonitas piernas, pensó cuando la tomó entre sus brazos y la colocó en el baúl del auto. Por las dudas la ató, por si despertaba y se ponía a chillar. «Su cuerpo caliente envuelve el mío que, frágil y helado, acepta su calidez y se envuelve en ella», pensó la primer noche que la penetró.

Fue difícil despistar a la policía que comenzó a llegar al lugar del accidente, el sitio se llenó de gente con rapidez y él había sido tan estúpido de dejar el auto bastante lejos. Se le ocurrió la idea de llevarla abrazada, como si estuviera ebria, mientras le hablaba como un viejo amigo. «No era necesario hacer eso ya que nadie parecía reparar en nosotros. Aun así volví a sentir la fuerte tensión en mi espalda. Alguien me vigilaba", volvió a rememorar para sí mismo. Nunca había sido tan audaz como esa noche, jamás se le hubiera ocurrido tomar a una mujer por la fuerza pero no pudo evitar que sus instintos se aguzaran al verla tan indefensa y sensual.

El tiempo pasaba, ella pareció ir aceptando lo que había sucedido, y él gozaba con más intensidad cada vez que la hacía suya. Él mismo la bañaba, la vestía y le daba de comer, a veces hasta lograba arrancarle una triste sonrisa. Adriana permanecía con la mirada perdida, incluso había ocasiones en los que deseaba que él volviera a ella para no estar tan sola. Cuando ya había pasado casi un año, la oyó jadear por primera vez mientras estaba entre sus piernas.

«Algunas veces oigo voces en mi cabeza, sonidos que provienen de ningún lado; sombras de un corazón oscurecido, transformado ahora en piedra», podía leerse en la pared, sobre la cabecera de la cama. Ella lo escribió un día en que él había salido, era lo único que podía hacer con las manos atadas. A veces, cerraba los ojos y se ausentaba a su mundo de antes, a su vida de profesional orgullosa y reconocida. Era cierto, esa tarde había jadeado, no lo pudo evitar, su cuerpo lo aceptaba y había empezado a desearlo. Coincidió con la época en que él se volvió descuidado, o confiado, y dejó la puerta del cuarto —en el que la tenía prisionera— sin llaves. Ese descuido le había servido para iniciar sus incursiones a la cocina, era una lástima que le estuviera tomando cariño cuando ya casi tenía su colección completa. Oyó la puerta de entrada, él había regresado. Adriana parpadeó varias veces, al tiempo que respiraba hondo y repasaba nuevamente el plan; no podía fallar, de lo contrario, si iba a ponerse sentimental, mejor sería que se apartase de los cuchillos...

miércoles, 5 de septiembre de 2012

EN BUSCA DEL SUEÑO


Siguiendo con las propuestas que nos acerca Maga de Lin, les traigo aquí el 7mo. Comienza una historia. El mismo consiste en escribir un texto, sin importar el género que inspire, a partir de una prosa de una importante poetiza uruguaya; Marosa di Giorgio. Yo me incliné por escribir un poema. 






En todos los vestidos bordaban Nomeolvides.
18.

Recuerdo la terrible infancia.
Iris, Nidia y yo, inmóviles, bajo el débil sol. O entrando y saliendo de la casa, por años.
Los árboles espectrales, bajo los cuales había piedras con vida; negras, blancas, grises, rayadas, de lomo curvo; les pasábamos la mano, o tocándolas con un tallo, hasta sentir el estremecimiento; abrían un ojo desfalleciente, lánguido, potente sólo por un segundo.
Y desde la casa nos llamaban, nos llamaban, nos llamaban.
La lista infinita de mandamientos y llamados.

Marosa di Giorgio



Del libro Los papeles salvajes II. Editorial Adriana Hidalgo.






EN BUSCA DEL SUEÑO

La veo a través de las hojas,
por entre las ramas que voy apartando a manotazos.
Está allí, inmóvil, silenciosa,
como detenida en el tiempo.

Sus ventanas parecen dos ojos negros
al acecho de atrapar intrusos,
la puerta desvencijada ha resistido
la inclemencia del clima.

Suspiro con resignación mirando en torno
y mis ojos se detienen en el suelo,
sobre esas piedras misteriosas
que esconden una oscura historia.

Me acerco con sigilo, evitando interrumpir
el silencio del no tiempo que se ha instalado allí.
Piso con cuidado de no despertar a los dioses
que duermen dentro de esas rocas duras.

Pero en cuanto apoyo un pie en el sendero
los párpados somnolientos se abren despacio,
parpadean como retornando de un lejano lugar,
luego me miran con fijeza.

Son muchos ojos quietos y fijos,
un sólo párpado en cada una de esas rocas
donde viven los dioses que duermen el sueño eterno . . .
Ese mismo estado de sueño tranquilo que volví a buscar . . .

Setiembre 2012 Safe Creative #1209072302237


 



*Pueden encontrar más poemas de mi autoría en mi primer blog Mis Musas Locas

viernes, 6 de julio de 2012

EL MEJOR POSTRE

La propuesta de este mes para el Inicia una Historia, que organiza Maga de Lioncourt en su blog Escribiendo La Noche, está relacionado con un cortometraje que será el disparador para escribir una historia. Aquí les dejo lo que me surgió. Clickeando en el banner de Inicio podrán leer lo escrito por Maga y encontrar el link hacía los textos de los otros participantes.





La maison en petit cubes (Tsumiki no ie), de Kunio Katō.











La Maison en Petits Cubes (つみきのいえ, Tsumiki no ie) es un cortometraje animado japonés creado por Kunio Katō. Fue ganador del Premio Cristal del Festival Internacional de Películas Animadas de Annecy en 2008 y de un Premio Oscar al mejor cortometraje animado en 2009.


EL MEJOR POSTRE

Por la ventana del comedor entran los rayos del sol de ese domingo de primavera. Julián, apoyado en el marco de la entrada a la cocina, observa a su mujer preparar la comida para el medio día. Sonríe al verla ir de acá para allá. Hace apenas un par de años que se casaron, aunque han sido buenos amigos desde pequeños.

Por unos instantes, el recuerdo de su madre le viene a la memoria; cuando veinte años atrás llegaba con él de la mano a la casa de sus abuelos. Había quedado viuda hacía muy poco y decidió volver a sus raíces, con su único hijo. En ese entonces Julián tenía cinco años, a pesar de ser tan pequeño no le agradaba la idea; acababa de perder a su padre y no quería perder también a los pocos amigos que tenía. Pero no tuvo elección, de modo que se convirtió en un ermitaño y durante un buen tiempo fue considerado un chico raro tanto en el barrio como en la escuela nueva.

Todo cambió cuando conoció a Isabella, la simpatía e insistencia que la caracterizan la llevaron a convertirse en  la primer amiga que cultivó en la cuadra en la que vivía. Con los años se hicieron confidentes inseparables. Le llevó tiempo reconocer el profundo amor que experimentó por ella desde el primer momento.
Aún se ruboriza cada vez que recuerda el problema que se originó cuando quisieron enviarla a estudiar al extranjero. En ese entonces ambos tenían quince años, y enfrentarse a los padres de Isabella les costó algo más que todo un mes de encierro.
Si bien los reclamos y las lágrimas histéricas surtieron su efecto, ya que aquellos desistieron de la idea, les impuso un cambió drástico en su vida diaria: la chica tenía prohibido relacionarse con él a partir de ese momento. En un principio pensaron que ese era el fin de su amistad, pero con el tiempo encontraron maneras de engañar a los padres de la muchacha y podían verse, aunque solo fuera por unos instantes, para intercambiar libros ó ir hasta el arroyito a tirar piedras. Nunca más volvieron a separarse; cuando le confesaron a sus padres que estaban enamorados, y eran novios, tenían diecisiete años.

El aroma exquisito que flota en el aire lo trae nuevamente a la realidad. Isabella está poniendo la mesa, a veces lo mira de reojo y sonríe con disimulo; puede sentir que los ojos de su marido siguen cada uno de sus movimientos. Seguramente ya se dió cuenta de algo.
En efecto, Julián nota a su esposa un poco rara desde hace unas semanas, intuye que le oculta algo; ellos nunca han tenido secretos y supone que si le sucede algo ya se lo hubiera dicho.






Durante el almuerzo charlaron  de temas variados, como siempre hacían, la pasta estaba deliciosa y el vino les supo mejor que nunca.

―Hoy vas a probar el mejor postre de tu vida ―le dice ella, dándole un suave beso sobre los labios, al tiempo que se lleva los platos.

Al instante, aparece con un par de copas y una botella de champagne que deja sobre la mesa y vuelve a la cocina. Él la mira sin entender nada.

―¿Se puede saber qué es lo que te está pasando?―le pregunta en tono divertido, pues ya no aguanta la curiosidad por conocer el misterio que ronda a su mujer.

Cuando Isabella regresa junto a él, trae un sobre en la mano y se lo extiende. Aprovecha a llenar las copas mientras él se enfrasca en descubrir lo que se esconde allí.
Su mirada comienza a cambiar mientras lee el contenido, sus ojos se agrandan y en su boca se dibuja una gran sonrisa. La mira, ella está sentada junto a él, lo observa sonriente y con los ojos brillantes.

―Por fin ―dice él.
―Si, por fin ―repite Isabella.

Entre lágrimas y risas se abrazan, luego brindan con el champagne que burbujea en las copas.
Al fin, su tan añorado sueño de ser padres sería una realidad.

Junio 2012 Safe Creative #1207292039353

"La vida se ríe de las previsiones y pone palabras donde imaginábamos silencios y súbitos regresos cuando pensábamos que no volveríamos a encontrarnos."


José Saramago
Seguir a patokata en Twitter